Consecuencia del Poder Absoluto

Se cuenta que cuando un general romano llegaba victorioso, el senado le colocaba una persona detrás que le repetía la frase : “memento mori”, que significa “recuerda que morirás”, en el sentido “recuerda que eres mortal”.


En una charla que escuché siendo niño en el colegio donde estudié, recuerdo una frase pronunciada por un sociólogo que fuera a dictar una conferencia : “los hombres pasan, las instituciones quedan”. En mi imaginación juvenil me imaginaba que las instituciones eran una especie de edificio de concreto imbatibles al tiempo y a las adversidades. Hoy veo que realmente existe similitud en la comparación, ya que tanto el edificio como las instituciones son construídas por el hombre.

Grandes pensadores dominicanos del siglo pasado como Américo Lugo y el Dr. Moscoso Puello, entre otros, llamados los pesimistas, han manifestado la incapacidad del pueblo dominicano para estructurar un proyecto de nación.

Horacio Vásquez gravitó con bastante incidencia en la política criolla, durante la primera parte del siglo pasado. Luego de participar en el magnicidio de Moca, fue protagonista de primer orden en el caos y la anarquía que durante diecisiete años vivió la República. Una vez llega a la Presidencia de la República cargado por frenéticos seguidores que le llamaron “la Virgen de la Altagracia con chiva”, decide prolongar su mandato con sus condiciones físicas disminuidas, y bajo el slogan “Horacio o que entre el mar”. Lo que ocurrió es historia.

Platón sostenía que para gobernar un Estado era menester tener conocimientos de filosofía. En el lenguaje de hoy significaría contar con la capacidad suficiente para actuar de manera reflexiva, con tacto y con prudencia. Un gobernante capaz tiene una mayor visión y conducción del Estado, del momento histórico en el que se desenvuelve, pero sobre todo del papel que históricamente a él le corresponde desempeñar. 

De la dialéctica hegeliana aprendimos que la sociedad avanza en espiral en que cada cierto tiempo pasa por el mismo punto aunque en un estadio superior. Por los estudiosos de la conducta humana sabemos que a través de la historia el hombre ha tenido el mismo comportamiento sicosocial.

Veamos el caso de Julio César. Cuando el general retornó victorioso luego de anexar a Roma cientos de miles de kilómetros de nuevos territorios, decide desplazar a Pompeyo como Gobernador de Roma. Gobernaba un triunvirato en el que formaba parte Julio César, pero mientras éste combatía, Pompeyo estaba al frente de Roma. Julio César decide cruzar el río Rubicón para enfrentar a Pompeyo, y pronuncia su histórica frase . “alea jacta est”, la suerte está echada. 

Una vez desatada la guerra civil, sus soldados le traen preso a un hombre, Magio Cremona, Intendente de Máquinas de Guerra de Pompeyo, y éste le dice a Julio César : “Tú mandas, oh César, pero te ruego que no me obligues a nada deshonroso”. 

Otro episodio fue cuando César se dirigió al templo donde se guardaban los tesoros del erario público, debido a los cuantiosos gastos de la guerra. Metelo, tesorero de Roma le gritó “¡Atrás César! No sigas adelante, la ley te prohíbe apoderarte de estos tesoros, propiedad del pueblo”. César con su poderío no mató a Metelo, ya que sabía que esa era su función, entabló una discusión con él y le pidió que se apartara, apoderándose del tesoro del erario público.

Desaparecido el tercer triunviro, Craso, en la guerra contra los partos, César pide al Senado poderes extraordinarios, para acabar con la guerra civil en Persia, provocada por el hijo de Pompeyo. Se proclamó dictador perpetuo. El Senado le proclamó además juez supremo y le otorgó el derecho de decidir la guerra y la paz, a elegir la mitad de los magistrados, el derecho de llevar la corona de laurel, el manto de púrpura y el trono de oro. Se le designó Libertador y Padre de la Patria. Se le erigió un templo en honor de Júpiter Julius. El calendario fue reformado y al quinto mes se le llamó Julius, en lugar de Quintilius, como se llamaba hasta entonces.

Llevar la corona de laurel “era una distinción especial concedida a los generales victoriosos que entraban a Roma”; portar el manto de púrpura era sinónimo de poder y lujo y vestir de púrpura era “un privilegio reservado a reyes, emperadores y sumos sacerdotes”. 

César preparó un festejo descomunal para celebrar sus triunfos. Se fabricaron cientos de accesorios de madera, se levantaron estatuas en toda la ciudad, las calles fueron adornadas con guirnaldas, y todo su Estado Mayor desfiló detrás de él, repletos de condecoraciones, riquezas y también coronados. 

Con sus múltiples victorias, Julio César era casi un semidios. Pero César quiso guardar las apariencias. Sabía que en ese momento el pueblo sentía odio por la monarquía. Así cuando Marco Antonio se le acercó y le ofreció la diadema real para que se la ciñera a su cabeza, César le dijo que la corona estaba mejor en la cabeza de Júpiter y no en sus sienes. El pueblo lo vitoreó de manera entusiasta, y aunque Marco Antonio insistió dos veces más, la rechazó con energía, y pidió a sus secretarios que constase en acta el hecho de haber rechazado la dignidad real que el pueblo le otorgaba por conducto de Marco Antonio. 

César no necesitaba la corona; era el jefe del poder absoluto y no podía ambicionar más. Sin embargo sus estatuas comenzaron a aparecer en el Capitolio con la diadema en la cabeza. A partir de ese momento, el poder fáctico comenzó a maquinar el magnicidio.

Marco Bruto era hijo de una de las amantes de Julio César. Era un idealista respetado por el pueblo, por su austeridad e inmaculada conducta. Bruto fue convencido de que con el magnicidio, se le hacía un favor a Roma. De Shakespeare, en su obra “Julio César”, recibimos la última frase pronunciada antes de su muerte : Tu quoque, Brute, fili mi, (Tú también, Bruto, hijo mío).

Por Ing. Salvador Ramírez Peña

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